Danza de la alegría (detalle).
Paco Sánchez, 1996

‘Cuadro 111’, Manolo Millares

Cuadro 111, 1960
Manolo Millares

Técnica mixta sobre arpillera
131 x 98 cm

Centro Atlántico de Arte Moderno.
Cabildo de Gran Canaria.

Cuadro 111, única arpillera que luce en los fondos del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), es fiel poseedora de los atributos propios de la obra de Millares: bajo la conquista del negro sobre el fondo blanco, sobresale una pieza abstracta tratada de forma que la arpillera y el yute se queman, son rasgados y cosidos, como si de una pieza escultórica se tratase. Las influencias de Rembrandt y Goya están presentes. En su paleta, la inclusión del rojo es ocasional y, en su última etapa, tras un viaje por el Sáhara, surgirá la presencia luminosa del color blanco en Antropofauna, una oda a lo efímero de la vida.

Manolo Millares Sall (Las Palmas de Gran Canaria 1926 – 1972 Madrid)

Sin duda alguna, Manolo Millares juega un papel protagonista en la compresión del arte en el ámbito nacional e incluso internacional, de la segunda mitad del siglo XX. Miembro, tanto del grupo LADAC (Los Arqueros del Arte contemporáneo) como del grupo El Paso, colabora en sus manifiestos con la misión de transformar el arte de un país a través de innovadores planteamientos estéticos y nuevos materiales para la plástica.

Manuel Millares Sall se inicia en la pintura de manera autodidacta. Nacido en el seno de una familia de reconocidos intelectuales, hijo de Dolores Sall y del poeta Juan Millares Carló; hermano de los artistas Jane y Eduardo Millares; de los poetas Agustín y José María Millares y del timplista Totoyo Millares; además de sobrino nieto del pintor Juan Carló Medina, cofundador de la Escuela Luján Pérez. Desde muy joven participó en las tertulias culturales de El Museo Canario y visitó, con asiduidad, sus salas, despertando su interés por el pasado prehispánico de las islas. Estas influencias darán lugar a la creación de sus pictografías canarias y el uso de arpilleras.

A partir de 1940, comienza en el mundo del arte iniciándose en la acuarela. Desarrolla una breve etapa surrealista de influencias dalianas hasta que, en 1950, comienzan sus primeras tentativas constructivistas y pictografías canarias. Ese mismo año, mantiene contactos epistolares con algunos miembros de la Escuela de Altamira y con otros artistas y escritores de vanguardia de la península, así como con el director de Gaceta de arte, Eduardo Westerdahl, que propician la fundación del grupo LADAC (Los Arqueros del Arte Contemporáneo) junto a los artistas Plácido Fleitas, Felo Monzón, Juan Ismael, Alberto Manrique, Elvireta Escobio, esposa de Millares, José Julio Rodríguez y Santiago Santana.

El grupo dará a conocer sus intenciones en la Exposición de Arte Contemporáneo, en El Museo Canario. Millares participará con algunas de sus pictografías junto a Juan Ismael, Alberto Manrique y Felo Monzón. Al año siguiente, expone por primera vez en la península, en la Galería Jardín y en la Galería Syra de Barcelona como grupo LADAC, con Juan Ismael, José Julio y Felo Monzón, y en la I Bienal Hispanoamericana de Arte de Madrid. Su primera visita a la península ibérica será en 1953, con motivo del Congreso de Arte Abstracto de Santander. Dos años más tarde, se marchará definitivamente a Madrid en compañía de su esposa, Martín Chirino, Manuel Padorno y Alejandro Reino.

En 1957, se integra en el grupo El Paso junto a Pablo Serrano, Antonio Suárez, Juana Francés, Manuel Rivera, Luis Feito, Antonio Saura y Rafael Canogar, posteriormente se incorporarán Martín Chirino y Manuel Viola que, a pesar de su breve existencia –se disuelve tres años más tarde- supuso una ruptura revolucionaria en la pintura de posguerra y la introducción del movimiento informalista en el territorio español. En sus obras destacará la temática de la guerra, sus arpilleras se vuelven más violentas, con una intención de denuncia pero, a la vez, con un mensaje esperanzador, así como alusiones a la muerte. Las arpilleras simbolizan un arte de explosión y de protesta que se difunde a nivel nacional e internacional.

Su proyección se hace mundial gracias a la participación que tuvo en la Bienal de Venecia de 1958, una de las exposiciones más relevantes del mundo; por sus marchantes en Estados Unidos y Europa, Pierre Matisse y Daniel Cordier; sus contactos con Joan Miró, Marcel Duchamp o Antoni Tapies, sus obras se exponen en París, Nueva York, San Francisco, Bruselas, Roma, Buenos Aires, Tokyo, Estocolmo o Río de Janeiro. En 1964, se une al equipo de artistas de la Galería Juana Mordó, en Madrid, con la que colaborará durante toda su vida. Desafortunadamente, fallece en Madrid en 1972, cuando contaba con cuarenta y seis años de edad.

Se trata de un referente fundamental cuando se estudia la renovación de los lenguajes plásticos durante la posguerra española, con presencia en los principales museos y colecciones del mundo: buena parte de su obra se encuentra en la Fundación Antonio Pérez de Cuenca, además de en otros museos como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y en colecciones privadas y de instituciones públicas canarias, nacionales e internacionales, incluido el MoMa de Nueva York o la Tate Gallery de Londres.

Obra

No hay obra más icónica en su producción que las famosas arpilleras de Millares. Aunque paralelamente a sus Homúnculos, trabaja extensamente con otros soportes y técnicas, como la pintura sobre papel y los dibujos a tinta china, las envolturas de las momias de El Museo Canariom, que tanto visitaba, se aparecen en sus obras, rotas y recosidas, encarnando la ardua reflexión sobre la vida y la muerte que tanto le preocupaba.

Mediante la observación de la identidad canaria de nuestros antepasados que se atesora en el museo, Millares comienza a ser consciente de la finitud del ser humano. Las telas desagarradas, retorcidas son vestigios del pasado utilizadas en el presente para representar a las generaciones futuras el dilema del sufrimiento humano: la necesidad de destruir para construir algo mejor.

Su obra se adscribe al Informalismo a mediados de la década de 1950, cuando se traslada a Madrid. Allí comienza a crear sus muros utilizando la arpillera, trozos de madera, arena, yeso, cuerdas y otros materiales que encontraba, esta constante experimentación reafirma su espíritu de rebeldía.

 

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