Danza de la alegría (detalle).
Paco Sánchez, 1996

‘La trilla’, Nicolás Massieu y Matos

La trilla, ca.1909
Nicolás Massieu y Matos

Óleo sobre lienzo
126 × 303,5 cm

Casa de Colón.
Cabildo de Gran Canaria.

Un paisaje reconocible para el isleño y la isleña conocedores de sus barrancos, aparece modelado a través de pesados empastes y trazos verticales logrados con espátula. Se trata del barranco de Azuaje, un tesoro escondido en el norte de Gran Canaria que se yergue como un obstáculo impasible ante la mirada del espectador. El color, protagonista de la obra, modela el escarpado barranco que se yergue como un obstáculo impasable ante la mirada del espectador. Una imagen que casi podríamos calificar de abstracta, donde las manchas de pintura no se someten a contornos y su genuino deleite en la materia, refleja una pintura de madurez cada vez más energética y vigorosa, cargada de expresividad.

En 1952, Pedro Cullen del Castillo hará mención a los paisajes del pintor, en su libro sobre Nicolás Massieu:

«Los que conocemos la Isla en profundidad, sabemos que los paisajes pintados por Massieu a golpe y trazo de espátula y colores interpretados por algunos como imposibles son tan reales como la propia naturaleza canaria; que unas veces nos deja ver imágenes impresionistas, difuminadas tras la sahariana calima, y en otras ocasiones vierte matices azules, rojos y violetas que resaltan el perfil de las montañas. Todos esos tonos extraños, playas ignotas, riscos inaccesibles y barrancos coloristas los podemos ver en cualquier tarde sosegada, cuando el sol refleja inmensidades únicas que sólo la mirada ávida es capaz de apreciar y comprender.»

 

Nicolás Massieu y Matos (Las Palmas de Gran Canaria 1876 – 1954)

Popularmente conocido como “el pintor de Gran Canaria”, las obras de Colacho Massieu, a la vez que expresan su peculiar personalidad, muestran al espectador los nuevos caminos que toma la figuración de la pintura europea en las primeras décadas del siglo XX. Las nacientes vanguardias, como el Impresionismo, se aparecen en las calles de París, ciudad en la que el pintor vivió y que será clave en la formación de su obra.

Sobrino y alumno del pintor Nicolás Massieu y Falcón (1853-1934), inicia sus estudios de pintura en el Colegio San Agustín y en la Academia Municipal de Dibujo de Las Palmas. Pronto amplía sus horizontes y viaja fuera del archipiélago, llegando a Inglaterra a los dieciocho años. Durante su estancia en el país anglosajón, se dedica a la importación de fruta del negocio familiar, para trasladarse, posteriormente, a Roma, donde estudia a los grandes maestros del Renacimiento. En 1904 marchará a París.

En la Ciudad de las Luces, toma contacto con la pintura impresionista, de la que capta el arte de combinar los colores en sesiones de pintura al aire libre. El manejo de la espátula para empastar los lienzos, el dominio de la luz y la combinación de colores, se mezclan con las influencias de los maestros italianos y con sus lecciones en la Académie La Palette o la Académie Julian a la que, probablemente, acude. Termina de perfeccionar su dibujo en el taller de Jean Paul Laurenz y con las lecciones del pintor Eugène Carrière.

Serán cinco años de estudio que marcarán para siempre su inconfundible obra. Massieu y Matos vuelve a Gran Canaria en 1906, inaugurando su primera exposición en el Salón de Pinturas de Andrés García de la Torre. Al año siguiente, participa, junto a Néstor Martín-Fernández de la Torre (1887-1938), en la exposición colectiva de Auto-retratos de artistas Españoles en el Palacio de Bellas Artes de Barcelona y realiza los decorados para la obra La Cena de Bethania del poeta Tomás Morales (1884–1921). En 1914 regresa a la isla desde Argentina, para dedicarse exclusivamente a su pasión, la pintura, con una nueva estética que se caracterizará por su exquisita combinación de colores y el dominio del empaste, que da corporeidad a sus figuras.

Profesor de la Cátedra de Dibujo del Instituto General y Técnico de Segunda Enseñanza de Las Palmas hasta su jubilación, el pintor también será uno de los primeros docentes de la Escuela Luján Pérez, institución de arte libre de cualquier identificativo academicista, un pequeño reducto incorporado al arte universal al que el artista permanecerá vinculado durante toda su vida.

Participa y organiza exposiciones en el Museo Nacional de Arte Moderno en Madrid, así como en las instituciones culturales más importantes de la isla, como Gabinete Literario, El Museo Canario, Hotel Santa Catalina, Real Club Náutico o Círculo de Bellas Artes de Tenerife. Se rodeará de grandes artistas e intelectuales de la isla como Juan Carló, Alonso Quesada, Eladio Moreno, Saulo Torón, Tomás Morales, Romero Spínola, Néstor Álamo, Juan Rodríguez Doreste, Rafael O’ Shanahan, así como con artistas tinerfeños y vinculados a la revista Gaceta de arte.

Tras su muerte, en 1954, el reconocimiento a su trayectoria artística se materializa en diversas retrospectivas celebradas en diferentes instituciones de Canarias. Será uno de los artistas más influyentes de su generación, dominando la escena artística entre encargos y homenajes, tanto como retratista como por sus inimitables paisajes, que recogen con virtuosidad los más bellos rincones de nuestra isla.

Obra

El pintor será uno de los principales exponentes del retrato en la pintura canaria del siglo XX, al retratar con sus pinceles a los más destacados hombres y mujeres de la sociedad grancanaria: políticos, artistas, escritores; además de personajes populares, consiguiendo transmitir una gran carga psicológica. También cultivará el bodegón, dando lugar a naturalezas muertas, exquisitas y refinadas, que cambiarán a formas más impresionistas a lo largo de su trayectoria. Será, a partir de la década de los veinte, cuando se relaciona directamente con el paisaje yendo a pintar al aire libre, caballete en mano, a pie o en mula, uniendo las enseñanzas del extranjero a la inspiración de su isla.

A partir de la década de los veinte, el pintor canario, desde su casa en la Angostura, a las costas más rocosas, pasando por los florecidos rincones de Tejeda, penetra en el paisaje con la búsqueda incesante de la luz que, con infinitas variedades de azules, violetas y grises, hacen de su pintura una celebración triunfal del poder de la naturaleza.

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