Danza de la alegría (detalle).
Paco Sánchez, 1996

‘San Alejandro Papa’

‘San Alejandro Papa, ca. 1650  
Atribuido a Bartolomé Esteban Murillo

Óleo sobre lienzo
189 × 108 cm

Antigua colección de los Condes de la Vega Grande y Guadalupe.
Colección del Gobierno de Canarias.

Representado con cuidada atención y singular monumentalidad, el pintor rompe con los esquemas de tres cuartos y perfil de los restantes santos. Su figura, se dibuja frontalmente al espectador, con la mirada fija, reclama nuestra atención con gesto elocuente de su mano izquierda, al mismo tiempo que sostiene la palma del martirio en la derecha. La casulla que porta el pontífice está bordada con Apóstoles y Santos en las hornacinas, donde reconocemos a San Pedro y a San Pablo, decorada en oros y con una gran riqueza cromática que evoca al lujo. 

San Alejandro, nacido en Roma, gobernó la Iglesia Romana durante el reinado de Trajano, morirá martirizado según la tradición. A su lado, un niño de blancas carnaciones  porta una vela. En este pequeño personaje, que gira su cuerpo hacia el santo,  resaltan las calidades de su tela, de delicadas veladuras. El fondo, presenta una oscura uniformidad que contribuye a destacar la dorada figura del papa.

Forma parte de la Colección un lote de seis cuadros atribuidos al gran maestro del Barroco, Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617-1682). Fechados en 1650, un año trascendental en los inicios de la producción artística del pintor sevillano, este lote, que tenía como destino América, terminó en manos de una familia acomodada de Gran Canaria. Con el dinero recaudado con esta venta voluminosa, el joven artista andaluz pudo trasladarse a Madrid, donde termina por convertirse en uno de los genios de la pintura barroca española. Insertas en este contexto artístico, este tesoro inesperado engrandece nuestro patrimonio cultural, depositados en la Casa de Colón por el Gobierno de Canarias para el futuro Museo de Bellas Artes de Gran Canaria.

Bartolomé Esteban Murillo nace en la ciudad de Sevilla en 1617. El último de catorce hermanos, a la edad de diez años queda huérfano, siendo su hermana Ana y su marido, Juan Agustín de Lagares, quienes cuidarán de él desde entonces. A partir de 1635, se comienza a tener datos académicos de su trayectoria artística bajo las directrices de Juan del Castillo, casado con su prima. En 1645, al joven pintor se le presenta su primer encargo, mismo año en la que también contraerá matrimonio con Beatriz Cabrera, con quien tendrá una prolífica descendencia. Muy pronto, irá adquiriendo gran destreza en su técnica, proyectando unas maneras muy talentosas a la hora de abordar su propia pintura, que le llevará a convertirse en el pintor más famoso y cotizado de Sevilla. Con buenos ingresos, tanto por sus pinturas como por sus rentas, Murillo mantuvo un alto nivel de vida que le procuró aprendices y criados. En 1658, emprende el único viaje del que se tiene constancia, un viaje a Madrid donde mantiene contacto con importantes artistas que residían en la capital, como Velázquez o Zurbarán, entre otros. Así,  obtuvo encargos de gran relevancia para las principales iglesias y conventos sevillanos y los mejores contratos con las más nobles casas de la ciudad. Uno de los acontecimientos más importantes de su vida fue la creación de una academia de pintura en 1660, de la mano de Francisco Herrera El Mozo. Reflejo de su voluntad de mejorar el nivel de la pintura sevillana de esos tiempos, su objetivo principal fue impulsar a futuros artistas por medio de un aprendizaje de lo más completo. Su fama era tal que traspasó los límites de la ciudad de Sevilla, extendiéndose por todo el territorio nacional. Sin embargo, Murillo permaneció en Sevilla, su ciudad natal, hasta su fallecimiento en 1682.  

A mediados del siglo XVI, la producción artística realizada en los obradores de Sevilla, ciudad trascendental como inicio y final de la carrera de Indias por localizarse en ella la Casa de Contratación, se convierte en una clara alternativa al arte flamenco en el archipiélago canario. Un mercado sólido y emporio obligado de paso al Nuevo Mundo, con continuas, pero pausadas, innovaciones estilísticas que se afianzarán durante el siglo XVII y buena parte del XVIII. Canarias era paso obligado en la travesía del Atlántico, además de convertirse en una gran potencia de producción de caña de azúcar. La economía insular se mantuvo dependiente de la plantación y comercialización de este producto durante estos siglos. Los navíos hispanos se abastecían en los puertos isleños, deteniéndose el tiempo necesario para repostar y aprovisionarse de alimentos y enseres con la venta de mercancías, para facilitar la larga travesía hasta el nuevo continente. 

Según investigaciones del descubridor de las piezas, es un hecho que pinturas de Murillo salieron para las Indias en fechas primeras de su producción, quedando perdidas en el Atlántico.  Estas piezas, estarían relacionadas con este envío de «una partida para cargazón de Indias» realizado por el propio Murillo para obtener un claro beneficio económico, a la vez que mayor destreza en su arte, en los inicios de su producción artística que, evidentemente, no llegaron a su destino final. Así era como ricos hacendados y nobles isleños adquirían obras muy importantes llegadas de Europa. Tenían los medios económicos para obtener trabajos de grandes maestros del arte, tanto europeos como americanos. En este panorama y bajo estas circunstancias, el lote de Murillos que viaja a América se queda en Gran Canaria. 

 En año 1961 será cuando el historiador herreño Matías Díaz Padrón, que en ese momento terminaba su tesis doctoral, reciba noticias sobre un lote de pintura de gran calidad que podría encontrarse en Gran Canaria. Tras indicaciones de los herederos de la Casa Castillo, condes de la Vega Grande, descubrirá en el interior de una vieja casona de Vegueta, varios lienzos envueltos de gran tamaño. El investigador, que años más tarde llegó a desempeñar el cargo de restaurador jefe del Museo Nacional del Prado en el área de Pintura Holandesa y Flamenca del siglo XVII, prefirió ocultar su descubrimiento al no estar seguro en ese momento de su autoría. Fascinado, finalmente publicará su gran hallazgo en el nº 303 de la Revista de Arte Goya, en el año 2005. En este artículo, Díaz Padrón expone sus investigaciones sobre las obras que, olvidadas durante casi cuatro siglos, presentan una calidad y estilo coherente con la técnica y estética de Murillo, y concomitancias con otras piezas realizadas por el pintor. Además de la localización de la firma del pintor, en el lienzo de Santa Teresa de Jesús en el que se puede leer el anagrama del artista, en letras mayúsculas y minúsculas, con la fecha de su ejecución: “B. M. faciebat Anno Domini 1650”.

Los seis lienzos que representan a Santas y Santos fundadores: Santa Teresa de Jesús, San Anselmo Obispo, San Dionisio Cartujo, San Alejandro Papa, San Esteban Obispo y San Hugo Obispo, se han visto sometidos a continuas restauraciones. Acometidas desde finales del siglo XIX y sufridas a finales del siglo XX, han alterado de forma patente las piezas que, en vez de recuperar su valor original, hacen que las alteraciones y repintes practicados den lugar a pensar en la participación de un taller o en atribuciones.

 
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