Danza de la alegría (detalle).
Paco Sánchez, 1996

‘Santa Catalina de Alejandría’ / ‘La Magdalena Penitente’, Maestro del Papagayo

Santa Catalina de Alejandría, 1545-1550
Maestro del Papagayo

Óleo sobre tabla, 74,5 × 57,3 cm
Casa de Colón. Cabildo de Gran Canaria.

La Magdalena Penitente, 1545-1550
Maestro del Papagayo

Óleo sobre tabla, 74,5 × 57,3 cm
Casa de Colón. Cabildo de Gran Canaria.

Grandes tesoros del patrimonio artístico de las Islas Canarias, estas tablas flamencas atribuidas al Maestro del Papagayo, se exponen en la Casa de Colón desde hace setenta años. Adquiridas a las hermanas Petronila, Teresa, Micaela y Fermina Batllori Lorenzo, se estima que en su día pertenecieron a la desaparecida ermita de Santa Lucía de Gáldar.

Desde finales del siglo XV y la primera mitad del XVI, se da lugar a la configuración de una nueva organización política y social, así como a la inserción de unos valores religiosos distintos. Tras la incorporación del archipiélago a la Corona de Castilla, se implanta una cultura devocional y cristiana, a la vez que comienza una fuerte demanda de la caña de azúcar en los mercados europeos, que propició un espectacular desarrollo de este cultivo en las islas. Regiones como Ingenio, Telde, Gáldar o Agaete en Gran Canaria, el Valle de la Orotava en Tenerife o en Agual, Tazorte y Los Sauces en La Palma, comienzan a formar parte de las rutas comerciales de la caña de azúcar, que se cultivará de forma intensiva creando un ciclo expansivo para la economía del archipiélago. Los hacendados, agentes y comerciantes de la antigua región de Flandes (hoy Benelux) región que en ese entonces pertenecía al Imperio español, serán los motores principales de su intenso desarrollo. El “oro blanco” se trasladaba a Amberes, que pasó a ser el gran receptor y distribuidor del azúcar en Europa.

Al amparo de este contexto comercial relacionado con el azúcar, comienza el tráfico y llegada del arte flamenco a las islas, unas primeras piezas artísticas traídas de Flandes, que en aquel momento albergaba el mercado de arte más importante del mundo: pinturas, esculturas, grabados, tapices… destinadas al ornato y deleite en las grandes haciendas, capillas, ermitas y conventos, reflejando un periodo de transculturación total.

Un claro ejemplo de la importancia económica, social y cultural de esta nueva “cultura atlántica del azúcar” es el encargo, en 1535, que hace el hacendado genovés Antonio Cerezo y su esposa, Sancha Díaz de Zurita, de una obra mandada a traer desde Amberes (región de Flandes) hasta Agaete, en Gran Canaria, donde se encontraba su ingenio azucarero. Se trata de una de las grandes obras maestras de nuestro patrimonio, el Tríptico de Nuestra Señora de las Nieves, ejecutado por el prestigioso pintor flamenco Joos van Cleve, pintor de la monarquía francesa de ese momento (Francisco I de Francia). Es una muestra fundamental del nivel artístico de las piezas que llegan a Canarias, por medio de las cuales se afirmaba la personalidad y el prestigio social de estos nuevos pobladores.

A ese rico periodo de prosperidad se adscriben las cuatro tablas pintadas al óleo por sus dos caras, que dan lugar a ocho escenas de tema hagiográfico, un espléndido ejemplo, tanto de este proceso histórico en Canarias, como de la estética flamenca al servicio de la temática sacra.

Obra

La pintura flamenca del siglo XVI se realiza fundamentalmente al óleo sobre tabla, una técnica revolucionada por los artistas flamencos. Ésta, a través de experimentación y combinaciones entre aceites con pigmentos y otros productores que actúan como secantes, permite un gran control de la gradación de los colores, lo que facilita la minuciosidad en los detalles, los volúmenes, las transparencias y las veladuras de los tejidos y atmósferas, a la vez que proporciona acabados de superficies lisas y brillantes, casi esmaltadas. Destacan en ellas los acentuados contrastes lumínicos, así como la extraordinaria calidad de las carnaciones y ropajes. 

Otra de las señas de identidad de esta reconocible estética es el continuo uso de la naturaleza, ya sea a través de escenas paisajísticas, o como fondo recurrente, se muestra estereotipada por necesidades de taller. En la mayoría de estas piezas, la profundidad se logra a través de la gradación de los tonos de la vegetación y las montañas, que se funden con los azules grisáceos del cielo. El espectador puede apreciar en todo su esplendor los blancos de albayalde, los azules de azurita, los rojos de bermellón, tierra roja y laca orgánica, los negros de carbón y humo de huesos, pardos de tierras y verdes de resinato de cobre.

La temática más recurrida es la religiosa, sobre todo las ya mencionadas escenas de la vida de santos y santas, llamadas hagiografías. Dichas escenas siguen un esquema compositivo muy similar: un personaje central que domina la escena, acompañado de una serie de objetos, atributos de su martirio, nos darán pistas de los hechos que acontecieron en su vida y poder así identificar las figuras, normalmente entronizados sobre un dosel o bajo un paleo, el paisaje sirve como telón de fondo. Como hemos mencionado con anterioridad, se trata de una característica muy importante en la pintura flamenca.

De incalculable valor, tanto simbólico como económico y patrimonial, su propia naturaleza las vuelve piezas muy delicadas, por lo que son exhibidas en el interior de unos marcos que, diseñados expresamente para cada pieza, permiten su correcta conservación. Estos marcos protegen las obras a través de cristales que impiden la radiación de la luz, posibilitando también el control de las particularidades microclimáticas de cada tabla, es decir, actúan como barrera protectora frente a contaminantes atmosféricos y biológicos, a la vez que mantienen unas condiciones ambientales estables de humedad y temperatura. A todo ello se le suma un sistema que controla y registra las posibles vibraciones e impactos que pudiera ocasionar, tanto su transporte como su exhibición en sala.

El Maestro del Papagayo (primera mitad del siglo XVI) fue dado a conocer por el estudioso de pintura flamenca Max Friedländer en un artículo publicado en 1949. El estilo de sus pinturas guarda similitudes con las obras de otros artistas flamencos, como el ya mencionado Joos van Cleve, Jan Gossaert o Ambrosius Benson. Muchas de sus obras se destinaron a la exportación por lo que, dados los lazos comerciales existentes entre los Países Bajos y España, muchas de ellas acabaron en la península, presentes también en las colecciones del Museo del Prado en Madrid, el Museo de Bellas Artes de Sevilla o en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. La mayoría de sus piezas son retratos y composiciones religiosas, especialmente de la Virgen y el Niño, que juega con un papagayo o loro de vistosos colores, de ahí su nombre. 

Sus tablas, datadas entre 1545 y 1550, muestran a San Bartolomé y Santa Inés por un lado, y Santa Catalina de Alejandría con La Magdalena penitente, por otro. Se piensa que estuvieron en el convento de San Antonio de Padua, en Gáldar, en el siglo XVI, desaparecido en el siglo XIX. Se ha planteado por los investigadores que también pudieran formar parte como puertas abatibles de un tríptico de mayor tamaño.

SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA

Santa Catalina de Alejandría, hija de una familia noble recibirá una rica educación, sobre todo en filosofía, convirtiéndose en una mujer, aparte de bella, culta. Su figura se integra en el paisaje de fondo, enmarcada en una tela de rico brocado. La santa conocerá a un ermitaño cristiano que le muestra la fe verdadera. A partir de ahí, reta al emperador sobre cuál es la verdadera fe. Por retar al emperador y convertir al cristianismo a varios presentes en el debate, sufrirá varios martirios, entre ellos pasar por la rueda dentada. Sin embargo, en el momento de la tortura, la rueda se romperá y deciden decapitarla. Es por ello que sostiene la espada que le dio muerte a su lado, el libro que nos recuerda su formación y el anillo, símbolo de su unión con Dios.

LA MAGDALENA PENITENTE

Por la otra cara de la tabla, observamos a La Magdalena Penitente siguiendo la iconografía con la que suele ser representada: de rodillas, en acto de penitencia, sujeta en su mano izquierda el crucifijo. Magdalena, de larga melena, llora desconsoladamente mientras fija su mirada en la cruz, a la vez que lleva su mano derecha al pecho, en señal de culpa. Destaca su bello rostro, de frente ancha y nariz estilizada, y sus blancas carnaciones. A sus pies, en la esquina derecha del lienzo, podemos observar el frasco de perfume que utilizará para lavar los pies de Cristo y enjugarlos con sus cabellos.

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